Tengo una teoría. Sí, la he estado armando y rearmando desde que me empiezo a aburrir en cada película chilena que he visto en los últimos 15 años, justo en el momento en que intentaba auto-prometerme “no veo más cine chileno”, promesa que por cierto se ve superada un par de veces al año, cuando empiezo a ver el último estreno nacional, por cuanto prima mi postura de espectador que apoya el arte cercano. Bueno, la teoría tiene que ver con el financiamiento. Salvo contadas excepciones, tipo Juan Harting a través de Roos Film, no tenemos muchos productores independientes dispuestos a financiar estos desarrollos. Y si no me creen, fíjense en la cantidad de cuadros con los logos de los colaboradores y financistas de cada película chilena que tenemos que soportar antes que comience la película… esto no pasa en otros países donde alguien ve una oportunidad de negocio y financia el desarrollo de un proyecto! Acá empezamos la película con los agradecimientos al Fondo de Desarrollo de No-Sé-Qué-Cosa, a la Hermandad Chileno-Chiíta de Cultura, la Corporación de Globalización y Última Tendencia Postmoderna y Progresista, y un largo etcétera que siempre incluye al Ministerio de Cultura o derechamente al Gobierno de Chile. Lo peor es que estas instituciones si bien pueden no tener fines de lucro, sí tienen objetivos estratégicos bastante claros que le exigen divulgar una determinada tendencia o visión de mundo. Dado lo anterior, siempre he creído que los creadores nacionales que tuvieron ideas neutras, de historias no teñidas de la tensión de los 70, terminaron incluyendo este contexto a solicitud de quienes pagaban esta fiesta fílmica, que dados los resultados terminaba casi siendo una fiesta triste, que eximía de culpa a los buenos, aunque tuvieran comportamientos pésimos… Basta recordar cómo el desenlace de Johnny Cien Pesos de Graef-Marino, casi que nos hacía sentirnos mal porque como sociedad le habíamos cerrado todas las oportunidades al bueno de Johnny!
No puedo dejar de mencionar que algunos proyectos independientes, sin tanto apoyo político, pretendieron filmar una historia simple. Ahí se notaba la falta de recursos, y más allá de la historia, el matiz técnico “lograba” que el producto final fuera un completo desastre. Inolvidable, por lo mala, esa aventura de Stanley (notable en videoclips) que se llamó “Monos con Navaja”. Antes de eso, siendo un espectador común, jamás entendí a qué se referían los críticos técnicos con buen montaje, buena fotografía, lindos encuadres… después de esa película entendí que lo que estaba acostumbrado a ver no era casualidad, había trabajo detrás, trabajo que en esta versión chilensis de “Perros de la Calle” no había por donde encontrar! Brutal cómo se notaban los cambios de escena. Las variaciones de audio que a veces impedían entender una conversación. El cómo se movía la cámara capturando a un personaje secundario en la lejanía y en el siguiente cuadro aparecía en primerísimo plano otro personaje, causando una suerte de mareo más típico de las películas filmadas con cámara en mano… En fin, y así otro montón de películas de regular para abajo que nos permitieron experimentar ese resentimiento profundo, quizás obligado, teñido de una factura cinematográfica muy menor.
De ahí que sea tan reconciliador desde mi perspectiva, lo que está haciendo Nicolás López con sus historias de jóvenes, simples, sin grandes pretensiones e incluso de finales felices. Si claramente no está prohibido hacer una película en que el espectador disfrute! Creo que se ha puesto en el lugar de nosotros, los que vemos la película, y se ha guardado el ego ridículo de querer contar en menos de dos horas toda su visión frente al mundo, las injusticias y su mirada de la verdad histórica. Por eso “Que Pena Tu Vida” me reconcilió en parte con el Cine Chileno, porque se trata de algo simple, sin grandes pretensiones, con buena técnica y aprovechando las increíbles oportunidades creativas que entregan las cámaras digitales HD y los programas libres de edición de video, que claramente han “democratizado” la creación fílmica, que en la suma total permiten dibujar una sonrisa sincera, efímera pero sonrisa al fin y al cabo, no esa mueca tristona y enrabiada con la que salí por ejemplo al terminar “La Frontera”, esa mueca que escondía un pensamiento inaudible que expresaba algo así como “que se cree este pelotudo de tratar de contarme el siglo XX completo en una hora y media!”
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