Más que amena y gratificante resultó ser la conversación de hace un par de días con mi amigo y colega Gonzalo Zúñiga. Me quedó algo grabado… de esas típicas frases que probablemente has escuchado cien o mil veces, pero que llega un punto en que te hace un sentido distinto. A propósito de la carrera laboral, de pronto entendimos - y lo registro en plural dado mi pleno convencimiento de que una conversación es un proceso de co-construcción en el que eventualmente surge tu verdad desde las palabras de otro - que no se trata del cargo que tengas, ni mucho menos del que quieras tener, sino que se trata de tener un norte, un sueño inspirador que te mantenga “en la zona”. Le he venido dando vueltas hace un par de días al famoso norte, y creo que hoy lo comencé a encontrar.
Cada día al llegar a la oficina, procuro saludar a todo quien encuentre. La verdad es que llego más tarde de lo que debiera, entonces encuentro a casi todos y parto bien el día intercambiando un par de palabras, o al menos una sonrisa, con el grupo humano con el que paso la mayoría de mi tiempo despierto. Y sí, si considero las horas de sueño, paso más con la Igna que con cualquier otro ser humano, pero lamentablemente de los sueños tengo recuerdos muy vagos, y más que las horas transcurridas, lo que cuenta es la experiencia de compartir, y no de manera remota ni online, sino que definitivamente disfrutar la experiencia sensorial del estar en compañía.
El punto es que varios días me encuentro con una mujer especial, a quien saludo y me saluda con gusto, y siempre con una sonrisa. Es la señora que mantiene todo en orden y la oficina y cada uno de sus recovecos impecablemente limpios. Ella trabaja para una empresa externa, por lo que no goza de los mismos beneficios que quienes trabajamos en la oficina; seguramente vive más lejos que la mayoría y no tiene auto, por lo que su jornada laboral, si la hacemos análoga al tiempo que está fuera de su casa, suele ser más larga que la mayoría de las demás jornadas. Eventualmente hay personas que no la saludan, y bueno las hay quienes ni siquiera saludan a quien tienen al lado, pero me he fijado que existe un grupo de personas que se niega a ver en cada otro ser humano a un semejante, a un prójimo, y develan así una íntima y abrumadora pobreza espiritual. Más allá del saludo matutino, el tema es que me siento incómodo por desigualdad reinante.
En la búsqueda del norte estoy empezando a diseñar cómo paso de la buena voluntad, de la percepción de una situación que califico de injusta, a imaginarme cómo lo hago para entrar a la acción, o para mantener la analogía, dar un paso algo más decidido hacia el largo camino que me lleve al norte. Injusta porque en nuestra sociedad subyace una diferencia brutal a propósito del dispar acceso a las oportunidades, pero también porque incluso en el ideal de justicia de dar a cada quien lo que se merece, preliminares aproximaciones económicas a propósito de la Curva de Lorenz y el Factor de Gini, me indican que si las capacidades de un grupo social se distribuyen normalmente, entonces así también debiera distribuirse la riqueza, y con eso tendríamos una desigualdad aún mayor que la que hoy vivimos en la realidad chilena. El marco tributario que permite redistribuir es absolutamente necesario, pero a todas luces insuficiente.
De lo anterior es que me he decidido a estudiar mejor el tema, para tener una base sobre la cual proponer y accionar, pero mis temas de estudio serán variados, aunque con un norte menos nebuloso. Qué le falta a un ser humano para reconocer en su prójimo alguien digno de ser saludado? Cómo lo hacemos para que quien se saca la mugre trabajando, aunque el aporte de su trabajo genere una fracción menor de riqueza, sea remunerado más que proporcionalmente como reconocimiento a su mejor esfuerzo? Qué pasa por la cabeza de aquel que tiene más de lo que necesita y continúa intentando evadir un impuesto? Por qué no siempre nos nace compartir con el más necesitado? Cómo equiparamos las oportunidades? Cómo aceptamos y apoyamos a quien es diferente? Con seguridad estas líneas de acción son más loables que simplemente no hacer nada al respecto, pero aún no constituyen un paso decisivo en el camino hacia el norte. El primer paso es saber cómo se llama la señora a la que saludo cada mañana, porque los pasos hacia este norte son acciones, no expresiones teóricas de profundo deseo, y no veo un paso inicial más concreto, que identificar y reconocer al prójimo que puede necesitar de mi ayuda.
Les cuento cómo me va!